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martes, 8 de noviembre de 2011

IdeItas EL VALOR DE ELEGIR de Fernando Savater

Título:                                                        EL VALOR DE ELEGIR
Subtítulo:
Autor: Fernando Savater
Editorial: Ariel
Ciudad: Colombia
Fecha de Lectura: 2008

INTRODUCCIÓN

Vivir con dignidad inteligente en la ausencia de certidumbres absolutas. P 13

PRIMERA PARTE: ANTROPOLOGÍA DE LA LIBERTAD

Capítulo 1: El principio del hombre

Todas las bestias son portentosas especialistas en empeños exigentes y excluyentes, sea saltar, morder, desgarrar, alimentarse de residuos, soportar temperaturas altísimas o bajísimas, procrear en las peores condiciones posibles, hacer nido en lo imposible. P 21

Hacen de la necesidad virtud y convierten su esencial imprecisión en estímulo y posibilidad flexible de adaptación. P 22

Si la evolución va desde lo esbozado a lo preciso, desde lo indeterminado a la especialización eficaz, un chimpancé o un babuino  están más evolucionados que un ser humano, no menos.. p 24

La praxis es autopoyetica: la principal industria del hombre es inventarse y darse forma a sí mismo. P 26   

Nuestra meta es nuestro origen. P 28

Capítulo 2: Incertidumbre y fatalidad

Todas las acciones humanas, si no intentan aliviar carencias biológicas inmediatas, pertenecen a alguna forma de culto. P 32

En la acción humana interviene el conocimiento de lo que no hemos dispuesto, las posibilidades de las que creemos disponer y la disposición que tomamos. P 34

Elegir consiste en conjugar adecuadamente conocimiento, imaginación y decisión en el campo de lo posible (sobre lo imposible en cambio, no hay deliberación, como ya señaló Aristóteles: no podemos “elegir” ser inmortales) p 35

Llamamos “acto voluntario” no al que concuerda plenamente con nuestro gusto, sino al que menos nos disgusta en un contexto práctico irremediable que no hemos podido elegir. P 39

Lo único que siempre podemos prever con absoluta certeza es el acecho de lo imprevisible. P 39

Cuento la dama o el tigre

Se dice que en la remota antigüedad vivió un rey semi-bárbaro que administraba justicia de un modo a la vez espectacular y caprichoso. Para castigar los delitos especialmente graves había imaginado una singular ordalía (ritual). El acusado era conducido cierto día señalado a la arena de un circo en cuyas gradas se apretaba todo el pueblo reunido. Ante él había dos puertas. Tras una de ellas aguardaba un tigre hambriento, el más fiero y glotón que se había podido conseguir para la ocasión; tras la otra estaba una hermosa doncella, atractiva y virginal. Sólo el rey conocía al inquilino que aguardaba en cada puerta.  
El reo debía elegir forzosa e inmediatamente una u otra de ellas: en ambos casos, su suerte estaba echada. Si aparecía la fiera, moriría destrozado en pocos segundos; si salía la dama, debía desposarla sin dilación y con la mayor pompa, apadrinado por el propio monarca, derogándose cualquier matrimonio o compromiso que pudiera antes haber contraído. Queda a gusto de cada uno determinar cuál era el destino más cruel...  
En cierta ocasión, el criminal estaba acusado de un delito especialmente grave. Siendo un simple plebeyo, se había atrevido a cortejar en secreto a la hija única del rey, y ésta había correspondido apasionada y clandestinamente a su amor.  
Para su juicio en la arena fatídica, el bárbaro rey se esmeró especialmente en la búsqueda del más voraz de los tigres pero también seleccionó a la más deliciosa de las doncellas como alternativa.  
Convulsa, la princesa se vio lacerada por una doble angustia: a un lado, ver el cuerpo tan querido y acariciado despedazado a zarpazos; en el otro, contemplar a su enamorado unido conyugalmente con una señorita preciosa, a cuyos encantos ella sabía bien que el joven culpable no era precisamente indiferente.  
Con ardides de mujer y arrogancias de princesa, logró enterarse de cuál era la puerta que en la arena correspondía a cada uno de ambos indeseados destinos.  
El muchacho apareció sobrecogido en el circo, abrumado por la expectación de la multitud. También él conocía el íntimo dilema de su amada y desde el ruedo le lanzó una mirada de súplica: « ¡Sólo tú puedes salvarme!»  
Con gesto discreto pero inequívoco, la princesa señaló la puerta de la derecha. Y por ella optó sin vacilar el condenado. De manera que, llegó hasta la puerta y la abrió. 
(...)  
Ahora transcribo cómo concluye su relato Stockton: «El problema de la decisión de la princesa no puede considerarse con ligereza, y yo no pretenderé ser la única persona capaz de resolverlo. Por lo tanto, dejo que respondan todos ustedes:  
¿Quién salió por la puerta abierta... la dama o el tigre?» p 42

Capítulo 3: ¿Para qué? ¿Por qué?

Sin conciencia del tiempo no hay yo-sujeto y sin yo-sujeto no puede haber acción. P 49
De aquí que la voluntad humana o se tanto voluntad de vivir o de poder sino ante todo de voluntad de futuro, afán de seguir durando. P 49

La racionalidad en la acción es aquel rasgo que capacita a los organismos, con cerebros  suficientemente grandes como para tener yoes concientes, para coordinar sus contenidos intencionales, de modo que produzcan mejores acciones que las que se producirían por la conducta guiada por el puro azar, el actuar de acuerdo con los impulsos, por el sólo instinto o por los tropismos. (Razones para actuar) P 50     

Cinco grandes rúbricas de nuestros motivos de acción:
a)      Necesidades.- Son necesarias en el sentido más básico del término aquellas demandas físicas cuyo incumplimiento pone en peligro la vida del sujeto: comer, evitar temperaturas extremas y ciertas agresiones corporales, etc. P 53

b)      Deleites.- Necesidades convertidas en lujo: Gastronomía, erotismo y confort en lo tocante a las  urgencias físicas, cosmética y estilización estética.
La auténtica humanidad no comienza cuando no comienzan cuando los antropoides son capaces de fabricar un puchero de barro, sino cuando lo decoran con una cenefa geométrica p 54

c)       Compromisos.- Las obligaciones racionales impuestas por nuestra reciprocidad de seres simbólicos. p 54

d)      Proyectos.- La capacidad de innovar y transformar que también mueve las acciones humanas. P 55

e)      Experimentos.- Los actos artísticos y poéticos en el más amplio sentido de dichos términos. P 56

Capítulo 4: Entre lo bueno y lo malo

Axiología (que es lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, que es lo que vale y lo que no vale)
Deontología (que debe hacerse en cada caso y cómo debe hacerse) p 60

El comienzo básico del arte de vivir es prescindir de la traicionera ayuda de semejantes muletas: el bien y el mal. P 62

El bien y el mal no sirven para nada a la razón y al corazón si se los utiliza en términos absolutos: solo tienen sentido y utilidad conceptual cuando funcionan en relación a algo. P 62

Belleza de lo que hay en tanto existe: todos los seres son hermosos, si se les sabe ver en sí mismos, independientemente de sus acciones. P 63

Tomas de Aquino: si pudiera darse lo completamente malo, se destruiría a sí mismo. Sería tan malo que no podría ni ser. P 64

Capítulo 5: Tribulaciones del albedrío

Somos excelentes gracias a nosotros pero somos malos o deficientes a pesar de nosotros. P 74

Nadie hace el mal a sabiendas, lo mismo que nadie es feliz en contra de su voluntad. P 75

Las decisiones absurdas son casi siempre colectivas. P 82

Amor fati, el amor a lo irremediable p 85

Capítulo 6: Las instituciones de la libertad

No solo es la práctica quien dirige nuestra vida sino también la poética que produce cosas y transforma la realidad. P 88

Hoy, quienes crecemos y vivimos en sociedades organizadas las padecemos ya como otra forma de naturaleza. P 89

La sociedad es nuestra prótesis básica para luchar desde la libertad contra el destino… p 90

¿Cómo no se ve que lo que es más biológico –nacimiento, sexo y muerte- es al mismo tiempo lo que más embebido esta de símbolos y cultura? P 96

La libertad no se refiere a lo que queremos sino a lo que podemos hacer; no trata de los motivos ni de las obnubilaciones del albedrío, sino de las relaciones de fuerza entre semejantes, es decir, de jerarquía, sojuzgamiento, igualdad y emancipación. P 97

Para que uno sea libre debe haber al menos dos (Zygmunt Bauman) p 98

La efectividad de la libertad demanda que algunas personas no sean libres. Ser libre significa tener el permiso y la capacidad de mantener a otras personas como no libres. Bauman P 100
 
SEGUNDA PARTE: ELECCIONES RECOMENDADAS

Capítulo 7: Elegir la verdad

La ciencia contemporánea se rige por dos grandes normas: la teoría de la relatividad de Einstein, que nos enseña que todo es relativo, y el principio de incertidumbre de Heisenberg, según el cual nada podemos dar por seguro a nivel subatómico. P 104

Los seres humanos solo soportamos la realidad en dosis limitadas. T.S. Eliot P 106

Hasta para negar verosímilmente la verdad es imprescindible manejar ciertas verdades y no es este por cierto el menor de los méritos que hacen superior a lo verdadero sobre sus contrarios. P 108

La verdad es índice de sí misma y también de lo falso. Spinoza p 108

No tu verdad: La verdad
Y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela. (Antonio Machado) P 117

Capítulo 8: Elegir el placer
Para que el placer nos parezca culturalmente aceptable  debe hacerse más difícil, debe ascender del registro de lo meramente sentido al noble nivel de lo pensado. P 126

Es más fácil para la mayoría la abstinencia que la templanza, porque esta admite y asume el don de la voluptuosidad mientras que la primera se horroriza santamente ante su amenaza. P 128

Abstemio: Persona de carácter débil, que cede a la tentación de privarse un placer (Ambrose Bierce – Diccionario del diablo) p 129

El placer no tiene por qué acortar la vida: más bien la socaba, es decir, la ahonda. P 129

Quien sufre requiere de los demás y anhela su compasión, su colaboración y sus remedios: pero el que disfruta, en tanto que disfruta, parece volverse inalcanzable, incluso cuando colateralmente contagia su alborozo a los más próximos o a sus complices, se diría que ha logrado ponerse a salvo por sí sólo y ya no pide sino que le dejen en paz. P 131  

Capítulo 9: Elegir la política

La ambición de la democracia es hacernos pasar una vida sufrida, recibida, heredada a una vida querida. La democracia es la voluntarizacion de todas las relaciones y todos los lazos. P 142

Capítulo 10: Educación cívica

Todas las democracias contemporáneas viven bajo el temor permanente a la influencia de los ignorantes. P 153

En todas las sociedades sus miembros son objeto de las leyes, pero solo en los sistemas democráticos son también sujetos de ellas e intervienen en acordar lo que debe ser hecho en común. P 155

Reconocer a otro la cualidad de sujeto en tanto que ser razonable, es reconocerle ipso facto el derecho a la educación. Pues la educación es lo que le permite llegar a ser lo que es: un ser de pensamiento, de palabra y de comunicación. Uno de los derechos fundamentales de todo hombre, junto a la libertad, es así tener los medios intelectuales para la libertad. P 157

Fanático es quien no soporta vivir con los que piensan de modo distinto por miedo a descubrir que él tampoco está tan seguro como parece de lo que dice creer. Por eso Nietzsche, en uno de sus destellos de maestría psicológica, estableció que el fanatismo es la única fuerza de voluntad de la que son capaces lo débiles. P 161

Capítulo 11: Elegir la humanidad

¿Por qué no encargar a la eugenesia la tarea de realizar con eficacia lo que la educación intenta hoy de manera tan dolosamente satisfactoria? P 169

Existe la tendencia conservadora a considerar característicamente “humano”  a lo que fue humano antes, o sea, algún tipo de tradición cultural. P 170

Capítulo 12: Elegir lo contingente

La auténtica trivialidad morbosa es convertir en necesario lo contingente. P 181

Solo intentamos conservar lo que podemos perder. P 185

Nada conviene menos a lo bueno y lo bello que la inalterable eternidad. Sin contingencia, no hay ética que proteja ni estética que admire y disfrute. P 185

Optemos por el perfeccionamiento humildemente tentativo y resignadamente inacabable de lo que siempre nos parecerá de algún modo imperfecto, en lugar de rechazarlo con desánimo culpable o de intentar agigantarlo hasta que su enormidad inhumana nos abrume. P 186

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